Estoy seguro que más de alguien que lea lo que estoy a punto de escribir dirá mentalmente: “¡Ahora hazle un queque!. Y sí, la verdad es que a ” El Sálmon” le haría un queque, le soplaría el tecito, le haría un libro y me llevaría sus canciones en un viaje a Marte sin retorno.

Pocas veces recuerdo la primera vez que escuche una canción (menos el año), pero creo haber tenido no más de 10 años cuando escuche por primera vez “Flaca”, quizás el peor tema para hacerse fan de Calamaro, porque si bien, tiene un gancho potente denota cierta frivolidad compositiva, pero que más da, todos sabemos que los sellos son los que eligen los singles y el tema ya esta en el inconsciente colectivo de las masas. Pero insisto, no es una canción que nos muestre a cabalidad la sutileza, profundidad y genialidad de Andrés. Al final es de esos tantos temas que ha escrito que le permiten conseguir la “guita” y el reconocimiento público……..(Igual reconozco que la escucho muy seguido).

Calamaro es de esos músicos “old school”, de esos que tienen calle y cultura, de los que le gusta la bohemia, tradiciones cuestionables, de los que cantan no por tener linda voz, de los que tienen onda, mucha onda, y lo que más enaltezco, que no se ata a nada, ningún estilo es tan lejano ni cercano. Te invito a abrir su catálogo en Spotify, en una quincena de discos encontrarás desde rock hasta rancheras, una salsita por ahí, un reggae por allá, aires de pop, nostálgicos boleros, su cumbia loca y hasta un pegadizo reggaetón, sí ¡¡¡REGGAETÓN !!!. Porque mientras hoy esta la moda de lanzar un single de vez en cuando, hace casi 20 años atrás “Don Andrés” editaba Honestidad Brutal (1999) con 37 canciones, para el año siguiente lanzar El salmón (2000) con más de 100 tracks (¡háganse esa!), y es que como dice Andresito: “Yo compongo caminando”.

Una canción para todo, desde lavar la loza hasta conducir por la carretera, desde una linda historia de amor a una resaca dominguera, o desde la soledad de tu cuarto hasta la euforia del cantar del barra brava. “El salmón” es capaz de envolverte en la intimidad de “Media Verónica” (Alta suciedad, 1997); una canción hermosamente brutal, desgarradora y con una atrayente ambigüedad, y también de sacar tu lado más salvaje con la potente y pegadiza pieza “La parte de adelante” (Honestidad brutal, 1999). De hacerte mover las patitas con su versión en vivo de “Tuyo siempre” (El regreso, 2005), a la tranquilidad y paso lento del disco “Tinta Roja” (2006) donde rescata esos boleros boleros, tangos y milongas de antaño. Como dije “de todo”.

¿Y en vivo?. El año recién pasado (2017) tuve la oportunidad de asistir a concierto que dio en Santiago bajo el marco de su gira “Licencia para cantar”, donde en un formato acústico (voz, piano, contrabajo y percusiones) le da vida a grandes éxitos, clásicos a.m. y algunos tesoros de culto (reservadas sólo para los más acérrimos fans, una extensión de su disco “Romaphonic Sessions” (2016). 

Pudo haber sido un día más que negro para nuestro golpeado Chilito. La selección nacional perdía la final de “Copa Confederaciones” frente a la joven Alemania allá por la lejana Rusia; y el “reo por lindo” ganaba las primarias que lo llevaron a ganar la presidenciales posteriormente. La verdad es que no llegué con el mejor de los ánimos a la función.

Todo partió así. Se subía nuestro laureado frontman junto a Antonio Miguel (contrabajo), Martín Bhrun (percusiones) y Germán Wiedemer (piano) abriendo la noche con “El cantante”, original de Héctor Lavoe que ya había sido versionada en el disco del mismo nombre el año 2004, aunque ahora con una mayor cercanía al “son cubano” que la sevillana versión registrada. Pese a no ser un tema su autoría, Calamaro fue capaz de plantarse en el escenario con estampa y desparpajo, con la pachorra que te da el bagaje y de cantar con total autoridad: “y canto a la vida, con risas y penas, de momentos malos, y de cosas buenas”, esa fue quizás, la primera declaración de principios de la noche. Ahora pienso, que quizás eso sea lo que me hace preferir su versión a la de Marc Anthony.

Un show que se dividió en tres tercios, y que en el primero ya me sentía pagado. Navegando entre temas de su recordada banda Los Rodríguez, melosas versiones de clásicos de Carlos Gardel (entre otros) y joyitas como “Los aviones” (Honestidad brutal, 1999) y “La libertad” (El cantante, 2004), llegó el clímax de la noche: “Los Clásicos”.

“Tuyo siempre” y “Para no olvidar”, dos temas que, a pesar del pausado formato dieron pie para mover el esqueleto. La eufórica y “dura” tonada “Estadio Azteca”  y la archi-reconocida “Flaca” me hicieron olvidar la jornada electoral, y “Crimenes Perfectos”, un tema para tatuarse cada frase en la piel, me hizo llorar en posición fetal en una de las butacas del “Movistar Arena” (metafóricamente), a esas alturas prácticamente había olvidado el error de Marcelo Díaz y un domingo negro volvía a tener color. “Mi enfermedad” el antepenúltimo tema para rematar con dos canciones magistrales, de esas que me llevaría en un viaje a cualquier lugar, y sin retorno, “Media Verónica” y “Paloma”.

Me detengo en “Paloma” porque, tal vez, define a grandes rasgos la musicalidad de Andrés Calamaro. Una canción conocida, quizás no por la mayoría de las masas, pero conocida. La clásica forma de repetir una secuencia de acordes durante todo un tema, casi un loop armónico, que lejos de hacerlo tedioso, va alimentando al oído en cada estrofa hasta explotar, eso difícil de explicar, y que tienen los grandes himnos. Y por último la letra (¡y que letra!), que se vuelve poesía y no hace necesario el descifrarla, ya que la sutil ambigüedad de cada frase hace un mundo en la cabeza de cada quién, y se vuelve tuya, sospechando que te leyeron la mente y el corazón, ¿hay algo más parecido a la magia?…

En síntesis podemos decir que Calamaro las ha hecho todas. Un montón de canciones, varios discos y hits, escribió un libro, hizo una película y planto un árbol (en realidad una planta de marihuana, pero cuenta). Y como leí en algún review por ahí “Calamaro debe ser el desafinado con más onda del mundo“, ¡Amén hermano!